El fin de semana encontré un libro que buscaba hace mucho tiempo. Estaba de viaje, paseando, y derrepente, cuando pasaba por una librería lo vi. No me acordaba del título ni del autor, sólo de las ilustraciones y la historia. Es el primer libro del que tengo recuerdos. No sé quién me lo leía, cómo llegó a mi casa y cómo se perdió. Sólo tenía de pistas la memoria del trazo del lápiz y la triste historia de una árbol que le da todo a un niño que juega en sus ramas.

El árbol generoso es un libro escrito e ilustrado por Shel Silverstein en 1964 que cuenta la historia de un niño y un manzano. Todos los días el pequeño sube su tronco, se mece en sus ramas o juega a la escondida detrás de su tronco. El pequeño crece y deja los juegos, se enamora y el árbol sigue ahí, dándole refugio. Incluso, cuando ya es mayor y no tiene dinero, el árbol le regala sus manzanas para que él las venda y consiga plata; y cuando no tiene techo, el árbol le regala su tronco. Y al final, cuando ya es un anciano, le deja sus restos para sentarse.

Es una historia triste, el árbol acaba destrozado de tanta entrega: y el niño como un anciano en el refugio de la infancia donde forjó sus recuerdos y fue feliz, pero sin el árbol. Una alegoría de nuestro paso por la tierra, que siempre provee, incluso cuando pareciera que no le demos nada a cambio, ni la tratemos con cariño. Una alegoría de una familia abnegada, de un buen amigo, del hogar, que no se cansa de darte hasta cuando incluso ya no queda nada.

Aquí les dejo una versión de los años 70 narrada por su propio autor. Un lindo libro para darle valor al papel de la naturaleza, destacar la reciprocidad, la generosidad, la lealtad, y mostrar el paso del tiempo.

* Foto del sitio Onceuponachildhood.com

Iván Barreto.

También te puede gustar