¿Cómo se te ocurre decir eso?

Eso es lo primero que se me cruzaría por la cabeza al leer este título, si no conociera el fondo de esta situación. Antes que nada quiero aclarar que con mi marido hemos formado una hermosa familia, ya que tengo una hija de 4 años y he descubierto que me encantan los niños, sobre todo desde que soy mamá. Nunca pensé que el convertirme en madre me cambiaría tanto como persona, para mejor. De alguna forma siento que ahora soy mucho más sensible a las cosas que le pasan a los otros y mi principal propósito en la vida se ha convertido en darle la mayor cantidad de momentos felices que pueda a mi hija, aunque eso sea verdaderamente difícil de cuantificar.

Pero ahora estoy embarazada nuevamente, después de casi 1 año de búsqueda y lo que escribí en el título de este artículo es la pura verdad porque… NO QUIERO TENER A ESTE BEBÉ DENTRO MÍO.

El peor diagnóstico

Aún recuerdo la cara de desconcierto que ponía el doctor mientras me hacía la ecografía de la semana 13. Por algún extraño motivo, que luego definiré como 6to sentido, no quise esparcir la noticia de mi embarazo hasta esa ecografía. Ni siquiera a mi hija, a pesar de que los niños perciben este tipo de anuncios antes que uno, por lo que creo que ella sabe perfectamente por lo que está pasando su mamá. Volviendo a la ecografía, los silencios que se produjeron en el momento en que el ecógrafo pasaba el “lector” por mi panza fueron eternos. Aproximadamente 10 minutos, que para mí se transformaron en horas, tardó este hombre en emitir un primer sonido. Y su comentario fue más bien una pregunta: “¿Tu ginecólogo no te comentó que haya visto algo raro en tu embarazo, en los controles anteriores a éste?”. Mierda, pensé. Entonces los silencios cobraron sentido y se hizo evidente que algo pasaba… Y no precisamente algo bueno.

”Tu bebé viene con una malformación severa, que no será compatible con la vida” fueron sus lapidarias palabras… Esas mismas que ninguna mujer embarazada, en su sano juicio, quiere escuchar. “Esto no me puede estar pasando a mí, por favor no, que sea un error” pensaba yo, mientras las lágrimas contenidas comenzaban a correr por mi mejilla. El doctor siguió dándonos su diagnóstico sin piedad: “Tu bebé tiene Body Stalk Syndrome y esto no tiene solución, dado que tiene casi todos los órganos del pecho salidos de su cuerpo, incluido su corazón, y su pecho no se le terminó de cerrar debido a un cordón umbilical muy corto. No va a vivir más allá de la semana 20”. Mi yo racional, sin conocer las leyes que rigen en este país, me gritaba “que te lo saquen ya entonces, no te mueves de esta clínica sin que te lo hayan sacado!!!”. En definitiva estaba haciendo lo que siempre hago en situaciones de fuerza mayor: dar vuelta la página lo más rápido posible y salir corriendo para evitar el sufrimiento. Pero el destino nos tenía preparado algo muy distinto.

Dándole vida a la muerte

Ahora tengo casi 5 meses de embarazo y una panza prominente que ya no puedo disimular, y me encuentro dándole vida a un bebé que sé que no va a vivir. No puedo dar vuelta ninguna página ni salir corriendo a ningún lado para protegerme, porque en Chile las leyes (por ahora) impiden abortar terapéuticamente. He escuchado muchas cosas en este tiempo: desde un “puedes abortar en otro país” hasta “ese bebé te eligió a ti como mamá y no lo puedes matar”. La verdad es que no encuentro ninguna teoría que me consuele, pero sé que no quiero llevar en mi consciencia un aborto, por más razón que tenga.

Y no encuentro palabras para explicar el dolor que se siente. Tanto para mi marido como para mí, esta situación se ha vuelto muy difícil de digerir. No existe una expresión que grafique lo que me pasa cada vez que siento al bebé moverse dentro de mí. Cada mujer embarazada que se me cruza es un cachetazo que me despeina y ni hablar de cuando me felicitan por mi embarazo. “Era hora que tuvieras otro, tu hija ya está grande y van a tener mucha diferencia” dictaminan opinólogos expertos, sin tener ni idea del daño que produce en mí su sentencia. A veces pienso que me recuperé y que ya no me va a afectar ver a mi bebé semanalmente y estoy bien hasta que voy al control en donde me vuelven a hacer una ecografía, esperando que pase lo inevitable y ahí está él (estoy casi segura que es hombre) moviéndose como un loco, con su corazoncito aferrándose lo que más puede a la vida. Y esa vitalidad me mata. Porque no hay nada que quisiera más en este mundo que solucionar esto y tenerlo conmigo, pero sé que no va a pasar.
Ya me acostumbré a llorar en todos lados y a cada rato. Ya no me da vergüenza. Quién lo iba a pensar… yo, la mujer que protegía a todos los que la rodeaban, la fuerte, ahora totalmente vulnerable… Y en la amarga espera…

…Continuará?

Por una mamá en un mal momento.

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