Adopción: una palabra que nos han enseñado que es dura y fuerte pero detrás de ella hay puro amor

Siempre me ha sonado un tanto fuerte la palabra adopción. Lo mismo me pasa con la palabra madrastra, hijastra o padrastro. Es como considerar a alguien de tu familia pero hacer sentirlo lejano. Eso, hasta que la viví en carne propia.

Durante dos años fui una mamá sola. Mi familia se componía de mi hija y yo, y todos quienes estaban a nuestro alrededor: mis padres, mis hermanos, mis amigos. Debo reconocer que fue una etapa emocional difícil, pero no por ello menos maravillosa. Mi hija y yo tenemos un lazo inquebrantable y el momento que tuvimos solas nos entregó una lección de vida que al menos yo, nunca olvidaré. Seguramente en un futuro, ella tampoco.

Años atrás, cuando conocí a mi hoy marido, fue todo un sube y baja de situaciones donde ni uno de los dos sabía si estaba preparado para asumir lo que significaba integrarlo a la familia ya formada. Pero al final, cuando uno deja de preguntarse tanto y va dejando que las fluyan, todo va tomando forma, a su ritmo. Y así fue como todo se fue dando para los tres.

Mi hija se tomó su tiempo para procesar que había alguien que le estaba quitando tiempo con su mamá. Sé que el principio para ella no fue fácil, pero de la nada, unos cuantos meses después, comenzó a decirle naturalmente, papá.

El papá asumió su nuevo rol con una gran sonrisa. Sé que detrás de ella había un poco de miedo, porque en nuestras conversaciones nocturnas sentía el miedo de no cumplir con las expectativas. Pero al hablarlo, todo se fue normalizando porque la verdad, no había nada que no pudiese cumplir: el rol de un papá es un lazo de amor, se tiene o no se tiene.

Y yo, un día decidí dejar las preocupaciones de lado. Si la vida nos había regalado a todos esta instancia, había que disfrutarla como mejor pudiéramos. Obviamente, tomando las cautelas necesarias pero no habría nada ni nadie que me impidiera disfrutarlo.

Un par de años después, en el día en que nos casamos por el civil, pasó algo que nos selló a todos: mi marido pasaba a ser el padre legal de mi hija. Desde ahí todo ha seguido marchando como en un comienzo, e incluso se sumó una integrante más a la familia, nuestra segunda hija.

En nuestro caso y en nuestra familia, este proceso ha sido natural, con ayuda profesional para ser siempre cautelosos, y donde nos damos cuenta que el vínculo no sanguíneo entre dos personas es a veces incluso más fuerte, que si lo tuvieran. En el proceso se van conociendo, y con el paso del tiempo, van transformándose para llenarse de amor. Tal vez, es un amor distinto – nunca lo sabré – pero la gracia del amor es que no tiene formas ni fronteras.

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