Hola, mi nombre es Camila Cariaga, soy la creadora del blog de cocina www.detodomigusto.com, esposa y futura mamá.

Decidí escribir mi historia porque como muchas veces pasa… a la hora de querer convertirnos junto al Seba en padres, no siempre las cosas son tan fáciles ni dulces como esperamos.

Para comenzar les cuento que tengo epilepsia desde los 19 años y esta enfermedad llego a mi vida de un día para otro. No voy a hacerme la valiente con ustedes aunque me encantaría. La verdad es que fue doloroso este cambio repentino. Me costó, no lo entendí, me rebelé, lo pase mal, pataleé e hice show. Especialmente al principio cuando pequeños cambios en mi vida diaria me parecían terribles.

Luego de varios años, me acostumbre a decir “sí, tengo epilepsia” e incluso le tengo cariño a mi enfermedad. Me hizo una mujer más fuerte, mucho más valiente y responsable.

Como todo esto fue a los 19 años estaba más preocupada de cómo afectaría a mi “vida social”. Si bien es cierto, mi epilepsia no me provocaba convulsiones diarias como en otros casos, si pasaba por episodios de “ausencias” cada cierto tiempo.

Tengo que contarles que estoy casada con el Seba hace 3 años y somos muy felices. Él me conoció con epilepsia y sabía que cuando decidiéramos ser papás había que hacer un cambio de remedios que podría durar “un par de meses”, como el doctor que me veía en esa época nos comentó.

Cuando ya llevábamos dos años de disfrutarnos solitos como pareja, decidimos ir donde el neurólogo y hacer este “trámite” que supuestamente sería simple. Todavía me acuerdo de ese día. Era diciembre y llegamos ilusionados, con una sonrisa de oreja a oreja porque estábamos dando un paso gigante para nosotros. Pero la respuesta del doctor nos dejó en blanco.

“Tu epilepsia es complicada Camila… creo que es mejor no arriesgarse. Han pensado en adoptar?”. Creo que después de eso deje de escuchar.

No tengo nada contra la adopción, al contrario, es un maravilloso gesto de amor, pero… ¿Así de simple? ¿No podemos ser papás y listo? ¿Se acabó la posibilidad para nosotros? No lo podíamos creer.

Caminamos por la calle con un sol gigante pero me acuerdo de ese día como nublado. Llegamos a nuestro departamento y lloré. Volví a ser la niña de 19 que pataleó, lloró y odió su epilepsia.

Mi Seba, en su infinito amor y sabiduría me consoló aunque sé que él estaba igual de impactado que yo y me dijo que agotaríamos todas las posibilidades antes de rendirnos. “Pero tampoco te arriesgare a ti”, me dijo.

Buscamos mucho y llegamos donde un neurólogo especialista en embarazo. Todas nuestras fichas estaban en este nuevo doctor. Su diagnostico fue que había que probar un medicamento distinto al que yo tomaba, este había tenido buenos resultados en otras mujeres. Pero lo haríamos muy lento para no correr riesgos. Así es que el plan que pensamos duraría un par de meses duró un poco más de un año.

Los primeros 4 meses fueron un infierno. Y se los digo así por que yo me sentía literalmente como el diablo mismo. El remedio era excelente previniendo las crisis pero producía efectos secundarios como depresión, cambios de humor, ira, dolores de cabeza y pena, harta pena.

Modestia aparte, yo me considero una mujer simpática, buena para la talla y cariñosa. Pero en esos meses no me reconocía. Odié a todo el que se puso por delante (aprovecho de pedirle disculpas a los que me vieron sacando humo por la nariz). Y obviamente, el que peor lo pasó fue mi paciente Seba.

Un día, después de llorar sin motivo por unas 2 horas le dije: “No sé si todo este sufrimiento vale la pena. Estaba siendo demasiado para mí. Estar triste o con rabia por una cosa podría haber sido más fácil porque lo podría tratar de manejar, pero sentirse así por un remedio sin motivo, era para volverse loca.

El doctor nos pidió que aguantáramos, que al cuarto mes deberían desaparecer los síntomas y como palabras sagradas… luego del cuarto mes me empecé a sentir mejor. Mi humor mejoró de a poco y lo mejor es que en todo ese tiempo no había tenido ninguna crisis.

A medida que fue avanzando el tiempo, todo volvió a la normalidad y la fecha se acercaba… el 10 de febrero nos dieron el alta. Y eso significaba… “Ponerse a practicar” como decía el Seba.

La ansiedad me mataba y aunque trate de hacerme la “cool” para que la ansiedad no me jugara en contra, no me resultó mucho. El Seba me decía: “Cami, relájate… esto se va a demorar”. Así es que cuando le avise de mi atraso al primer mes de intentarlo no me creyó mucho. Relajados nos fuimos a Valparaíso a recorrer por el fin de semana y el domingo en la tarde me hice un test para salir de dudas.

Las dos rayas aparecieron en unos segundos… ¡Estaba muy embarazada! Felicidad, nervios, ganas de llorar de alegría, de abrazarnos, de bailar… ¡todo junto!

Hoy, tengo 14 semanas y estoy a poco de saber que será nuestro “lentejita” como le decimos por el momento. He tenido un embarazo maravilloso, casi sin ninguna molestia y lleno de amor y buenas energías.

Hoy puedo decir sin dudas, de que todo lo que pasamos valió la pena y lo volvería a repetir todas las veces que sea necesario. Doy las gracias al hombre maravilloso que tengo al lado y a lo porfiados que somos.

Si alguien te dice que algo no se puede… ¡busca opciones! No te vayas a quedar sin vivir la mejor experiencia de tu vida.

Camila Cariaga

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