El 2010 comencé un viaje que terminó en Australia. Con una Working Holiday me fui a Nueva Zelanda y luego a Australia, donde ya llevo 3 años. Aquí tengo un trabajo que me encanta, un hombre que amo y una familia que me ha convertido en la mujer más feliz del mundo. Aquí les cuento mi historia sobre cómo fue mi embarazo y tener a mi hijo acá.
Estaba en Chile en una visita flash para asistir a una boda. Veníamos intentando embarazarnos hace un par de meses y fue ese 8 de noviembre del 2015 que sentí sin duda que estaba embarazada. Para algunas, es difícil darse cuenta y para otras como yo, al primer cambio del cuerpo lo supe.

Ese día salí a cenar sushi con mi hermana. Al llegar a casa tenia retorcijones y unas puntaditas en el vientre como cuando te va a venir. Me sonreí sola pensando: “esto se siente diferente, presiento que estoy embarazada“. Le conté a mi hermana mis síntomas y ella que estaba al tanto de nuestros intentos y con su experiencia de ya ser madre, me dijo… “¡¡Sí!! ¡Eso suena totalmente a embarazo!“.

Partimos a comprar un par de test para confirmar lo que ya sabíamos, ¡estaba embarazada! Estaba tan emocionada de enterarme en Chile para poder abrazar a mi familia y compartir esta noticia que me llenaba el alma. Llamé de inmediato a mi pareja en Australia para contarle las buenas nuevas, lloramos juntos al teléfono y casi ni dormí esa noche sobando mi pancita.

Intenté ir al doctor en Chile, pero fue muy burocrático y me decian que primero debia pedir hora que tarda un mes y que luego me haran exámenes. Yo solo iba por dos semanas así es que esa opcion a mi no me ayudaba. Preferí esperar hasta llegar a Australia y partí donde mi doctor o GP (General Practicioner) que es el medico general con quien te atiendes primero y quien te deriva a un especialista en el área que requieras. Mi GP me derivó a hacer exámenes de sangre y luego el primer ultrasonido o ecografía. En ese punto debía escoger el tipo de servicio que usaría. Yo opté un sistema combinado, es decir público para el parto, y privado para otras cosas como exámenes, vacunas, etc.

En el primer ultrasonido estimaron su tamaño y con ellos las semanas aproximadas de gestación. Luego el proceso era llamar al hospital de mi área o comuna en mi caso North Sydney, y aplicar por un cupo para el programa de embarazo y parteras que ofrece el gobierno gratuitamente cuando quieres tener tu parto en el servicio publico gratuito. Yo escogí el servicio publico pues el hospital de mi comuna tiene una muy buena reputación en caso de que algo “se complique” y el área de cuidados intensivos y neonatal estaba muy bien catalogado y demandado. Es decir, si por ejemplo escogiste el sistema privado y algo no va bien igual te trasladan al área de cuidados intensivos de mi hospital público (Royal North Shore Hospital), por lo que para mi personalmente hacia más sentido primero no pagar, y segundo acceder a un sistema de calidad en caso que se requiera, porque nunca se sabe.

Llamé, dejé mis datos tal como los piden y recibí unas semanas después un llamado diciendo que he sido seleccionada y que cumplía con los requisitos para ser parte del servicio gratuito y el programa de “midwives” (o parteras) del hospital. Con esto tenía derecho a una red de cuidado profesional durante y después de mi embarazo, con chequeos constantes en el hospital, además de grupos y workshops de “futuros padres”, “preparación de parto”, visitas en mi casa después del parto por enfermeras para apoyarme y chequear el progreso de lactancia o salud del bebé y mío en las primeras semanas de nacimiento y un montón de ayuda emocional por medio de psicólogos y “los grupos de madres” que se organizan por comunas y por edad. El gobierno los apoya y organiza, designándote en una lista. A mi me correspondía el grupo “bebes julio 2016” de madres del centro comunitario de mi comuna. Es interesante destacar que estos grupos son muy diversos y encontrarás mamás de diferentes países y rangos sociales. Los centros comunitarios son muy activos en Australia.

Así fue como pasaba el tiempo, iba a los chequeos del hospital gratuitos, pero pagaba los ultrasonidos o ecografias con una parte de devolucion del sistema de salud “medicare” y asistiendo al workshop de “parto y preparación de padres primerizos” (hay gratuitos y de pago). Yo pagué el mío pues era más completo. El workshop duró 8 semanas. Íbamos cada lunes con mi pareja junto con otras 7 más, y con el tiempo nos volvimos muy cercanos y nos juntamos hasta el día de hoy.

En el workshop nos prepararon a las mamás y papás de distinta forma. A nosotras, aprendiendo sobre técnicas de relajación, respiración y manejo del dolor natural o con medicación según escojas, informarte los métodos y drogas o medicación disponible y sus efectos en ti y el bebé, tipos de parto a escoger, etc. Y a los futuros papas, se les ayudo a entender su rol en el día del parto: lo importante que son a la hora de apoyarnos y proveer todo el apoyo emocional y físico, informarles qué pasa en cada fase del parto y en la fase de “transición” ya que muchas de nosotras pasaremos un momento intenso que varía de mujer en mujer, que estén preparados emocionalmente para aquellas que puedan volverse un poco agresivas y explicarles por qué esto sucede y cómo manejarlo, etc.

Y finalmente un tour por el hospital ya en las últimas semanas, para mostrarnos el procedimiento de que sucede el día del parto, y así familiarizarse con el lugar, con el equipamiento, y todo. Por ejemplo en mi caso quería parto natural en el agua, y entonces mi sala estaría equipada con tina, barras en muros para afirmarme y moverme libremente o ayudarme a pujar, pelota fitness, colchonetas, aromaterapia, controles de luz baja para más intimidad y relajo, donde el acompañante puede descansar y dejar todas sus cosas, etc.

El dia llegó

Estaba con 36 semanas y 6 días. Esa noche me estaba acostando eran tipo 10 pm y sentí un poco de humedad entre mis piernas pero no parecía ser propiamente el rompimiento de agua. Además tenía unos retorcijones muy mínimos que ni se sentían, pero eran nuevos. Dudosa le pregunté a mi marido qué opinaba. Él, al tanto de todo con los workshops, me dijo; “bueno no parece ser el tapón mucoso, no hay señal de sangre y es muy poquita agua no creo que sea nada que preocuparse, pero llamemos al hospital de todas formas para consultar”.

Él llamó y en altavoz relatamos lo que pasaba, la enfermera de turno nos dijo que para descartar rompimiento de agua, fuéramos al otro día tipo 6 am y que me asegurara de tomar tranquilamente desayuno y una ducha para estar preparada. Yo me dormí muy contenta y ansiosa pensando que podía llegar en cualquier momento.

A la mañana siguiente partimos. Al llegar, me pusieron en una camilla para monitorearnos. Me dijeron; cada vez que sientas una contracción o pataditas, aprieta este botón. Y pensé, “yo ni idea cómo se siente una contracción”, así es que apreté cuando sentía pataditas.

Pasaron 3 horas así. Entre medio, venían diferentes doctores a chequearme examinarme, y palpar para ver dilatación. Me dijeron que tenía mucha pinta de que había roto aguas pero estaban dudosos porque no salía casi nada. Me hicieron un examen que según el color que arrojara, era indicio de rompimiento de aguas. El resultado arrojo neutro. Me mandaron a la casa y que volviera ante cualquier cambio.

Mi marido me dejó en casa, regresó a trabajar y yo me senté en la pelota fitness como siempre a hacer saltitos suaves que ayudaban a bajar el bebe y me aliviaban la espalda. Llamé a mi mamá a Chile para contarle la falsa alarma, y mientras hablábamos, sentí un chorrito involuntario correr allí abajo y me quede quieta: “mama, sentí como la sensación de hacerse pis, pero involuntario, sin control”. Ella dijo me parece que sí rompiste aguas.
Ok, te dejo, llamare a Gus (mi marido) – le respondí.

Gus regreso inmediatamente del trabajo muy emocionado, y yo muy relajada diciéndole: no creo que sea aún el momento. Él tomó los bolsos empacados hace como un mes (sí, mega preparados), el del bebé y el nuestro. Y partimos a la aventura.

Al llegar al hospital fue tal cual lo habíamos visto en la visita previa, pero esta vez me llevaron a la sala de parto. Me chequearon y dijeron: sí, si se había roto la fuente pero está tu bebé actuando como de tapón. Eso explicaba por qué no salía tanta agua como para mojar todo (así me habían dicho que se sentía).

Era un jueves yo con 36 semanas 6 días y me dijeron: te daremos unas pastillas de antibiótico ya que has roto fuentes y el bebé ya no está en un ambiente esterilizado. No podemos arriesgarnos a una infección. Idealmente se debería desatar el parto y las contracciones hoy, por lo que te dejaremos en el hospital para monitorear, pero si no sucede, debemos inducirte mañana.

¡¡Inducir!! – pensé. ¡Yo no quería que me inducieran! Ya habíamos aprendido en el workshop los contra de que me inyectaran “oxcitocina artificial” para activar contracciones y eso no estaba en mis planes. ¿Qué pasaría con mi parto en el agua? Claramente las condiciones habían cambiado. Nada más que aperrar. Me dijeron que tenía todo el día para relajarme y ojalá se desencadenen las contracciones, de lo contrario deberían inducir el parto. Ahí tenía 37 semanas (recuerden que estaba de 36 y 6 días) pues el protocolo en el hospital es desde las 37 semanas y recién ahí pueden proceder a la inducción ya que el feto es considerado full término.

Ya veía que mi hijo venía súper revolucionario jeje escogiendo venir con parafernalia, desafiando los protocolos. Pasaban las horas y mis contracciones no se desencadenaban como esperaban los médicos. Mi dilatación era de solo 2 cm y ellos necesitaban actuar. Llego el viernes, 6 am tal como lo habían programado me indujeron, es decir me inyectaron por vía intravenosa la famosa “hormona oxcitocina artificial” para desencadenar las contracciones y por ende el parto. En un escenario común, nuestro sabio cuerpo, produce la oxcitoxina y activa las contracciones de modo “in crescendo” es decir, de a poquito son mas fuertes, permitiéndole al cuerpo poco a poco crear resistencia al dolor progresivamente.

Pero con mi inducción eso NO sucedió. Mis contracciones fueron de inmediato fuertes, no hubo un “progresivamente” por lo que pedí “gas” para inhalar y manejar el dolor. Yo había aprendido que era menos invasivo y sin efectos en mi bebé, por eso lo escogí. Cada vez que venía una contracción yo inhalaba fuerte ese tubito de gas, seguido de un grito largo con la boca abierta medio agachada afirmándome de una barra en la pared: aaaaaaaaaaaaaa. Como una larga A.

El dolor era intenso… Llegaron doctores y enfermeras a decirme que no gritara en forma de “A” pues perdería mi voz, (y al parecer también porque estaba asustando a mamás que llegaban al hospital jajaj). Gus me decía que vocalizara la energía en “Ooooooom” pero ya era tarde, había gritado un montón y si, ya había perdido casi mi voz.

Sentía mucho dolor, pedí una dósis de morfina inyectable en mi pierna, muy consciente de sus efectos. La morfina me ayudó a continuar. Entre medio, mi marido me guiaba con la respiración. Me miraba a los ojos vocalizando el “ommm” conmigo. Me alimentaba con bolitas de dátiles y nuez que habíamos preparado de antemano (una fuente de energía genial y natural) y me mantenía hidratada ofreciéndome agua fría en mi botella. ¡No me dejaba sola un segundo!

Hasta que llegó la famosa fase de “transición”. ¡Ahí me transformé! Comencé a rechazar toda ayuda de Gus, sentía mucho dolor. Ya no me concentraba en nada más que un punto focal y en apretar fuerte la mano de Gus en cada contracción. Fueron 12 horas de labor de parto. A las 6:28 pm llegó al mundo mi hijo y mi cuerpo comenzó a experimentar todo el efecto post parto adrenalina. Estaba exhausta, necesitaba dormir. Estaba en shock un poco por efecto de las drogas o medicinas (el gas y la única dosis de morfina). Mi cuerpo estaba muy débil.

Inmediatamente otros procedimientos siguieron y la placenta salió sin problema. Gus lloraba y lloraba, y me decía que presenciar todo el parto fue la experiencia mas increíble de su vida. La recuperación estaba bien encaminada, entre tres enfermeras y parteras me encaminaron y me ducharon llenándome de palabras lindas después de tremenda labor de parto. Me decían que me sintiera muy orgullosa de mi fuerza y valentía.

Al segundo día, los doctores notaron que mi hijo estaba muy amarillo y decidieron hacer exámenes de sangre para chequear sus niveles de bilirrubina. Nos dijeron que debíamos quedarnos mas tiempo en el hospital, hasta que George se estabilizara. Al principio no nos preocupamos pues estábamos en buenas manos y era mejor que mi hijo se recuperara bien en vez de volver eventualmente al hospital. Resulta que terminamos quedándonos 10 días. Fue muy duro. Mi hijo tuvo una ictericia más compleja que de lo normal. Subía y bajaba sus niveles de bilirrubina peligrosamente. Estábamos muy preocupados visitándolo en cuidados intensivos se nos partía el alma y lloramos juntos por varias noches en nuestra habitación de hospital. Mientras tanto, una cantidad insólita de visitas diarias llenaban mis días con enfermeras, sicólogas, psisioterapeutas, y consultoras de lactancia asegurándose de que mi salud estuviese bien y también la de mi hijo.

Llegó el gran día y nos dieron luz verde los médicos para irnos a casa. Jamás olvidaré esa mañana. Llovía y yo estaba muy expectante pero muy asustada pues mis niveles de energía eran bajos con todo lo que había pasado. Gus hizo un trabajo increíble cuidándonos a los dos con nuestro hijo. comencé a asistir al grupo de madres donde básicamente hablamos de que nos va pasando, sintiendo, y compartir tips del nuevo camino de la maternidad. Yo sentí que no encajaba mucho con las mamás del grupo de mi comuna, porque eran un poco arribistas y competitivas. Todo lo contrario a lo que había vivido con el grupo del workshop con el que pasamos 8 semanas. En ese grupo habíamos hecho una gran conexión y red de apoyo ha sido maravillosa, especialmente cuando tu familia esta en el exterior.

En Australia, el gobierno hace énfasis en la importancia y beneficios de amamantar para mamá e hijo. Se aseguran de proveer a las futuras mamás con toda la información posible y de fácil acceso. Te inscriben en clases de lactancia, tienes matronas con visitas cada hora mientras estas en el hospital, chequean tus signos vitales, los del bebé y te preguntan cómo va tu proceso de lactancia. Chequean que el bebé esté recibiendo leche y te enseñan las distintas formas de amamantar para que puedas sentirte cómoda con alguna de las técnicas que más te acomode.

Yo siempre supe que quería amamantar. Había leído y me preparé mucho. Resulta que como mi hijo tenia esta condición “ictericia” y estuvo en cuidados intensivos, yo lo visitaba al segundo nivel cada día cada dos horas para amamantarlo. El resto del tiempo, él debía estar bajo lámparas de luz UV de alto voltaje para bajar los niveles de bilirrubina. Uno de los efectos de estar bajo esta “lampara” era que debíamos mantenerlo hidratado, y entonces, comenzamos a darle mixta alimentación de mi leche extraída manualmente y complementarla con algunos ml de fórmula, pues no estaba recibiendo suficiente. Esto se debe a que una de las características de un bebé con ictericia es, que duermen muchísimo más. Es como si estuvieran en un estado adormecido. No despiertan para alimentarse como lo haría un bebé sin esta condición, por lo que el estrés era enorme para asegurarnos que estuviera recibiendo suficiente alimento.

El “enfermero” a cargo de mi hijo, me preguntó si podía ponerle un chupete mientras yo no estaba para calmarlo mientras estaba bajo los rayos UV. Le dije que por supuesto! Porque todo lo que haga a mi hijo más cómodo en esta “situación extrema” es bienvenido. Él suspiró con alivio, me dijo: “no sabes cuántas mamás se molestan y nos lo prohíben. Entendemos que hay mamás “anti chupete” pero para ser honesto, cuando están bajo cuidados intensivos, algunos de ellos, tienen el reflejo de succión muy fuerte y necesitan del “tete” para autocalmarse. Gracias por tu flexibiidad“.

Yo me sentí bien, si hay algo que quería desarrollar al convertirme en madre fue “ser flexible” pues nunca sabes lo que se viene. Y así pasaron los días: Gus, yo y el enfermero de George lo alimentábamos entre mi pecho, mamadera y cariños. Se cumplieron 10 días, cuando el doctor hizo el examen de sangre de rutina extrayendo una muestra de sangre de sus talones para poder leer los niveles de bilirrubina y nos enviaron a casa.

Me sentí muy entusiasmada pero me invadía la preocupación. Pensaba “y qué pasa si sus niveles vuelven a subir peligrosamente?”. Pero Gus en su rol paternal, nos contuvo emocionalmente a ambos y yo me sentía más segura y con fe de que él estaría bien. Llegó la primera enfermera a visitarnos a la casa, quien traía su equipamiento. Pesó a George y nos mencionó que estaba bien, dentro de lo normal pero que seguía un poquito amarillo. Me pregunto cómo iba mi lactancia y observó mientras lo amamantaba. A ella le pareció que el aún no se “acoplaba” a mi pecho y tragaba bastante aire. Me ayudó con mi pesonera de silicona pero George perdía la paciencia y lloraba por no poder recibir suficiente leche. Comenzó a suceder este patrón cada día y yo comenzaba a sentirme mal. Nos visitaron dos enfermeras más en casa, y todas veían que él no estaba recibiendo bien su leche. Ellas me daban técnicas y ayudaban a entender el complejo proceso de amamantar.

Pasaban los días y él tenía 3 semanas. No subía mucho de peso como se esperaba. Por suerte su ictericia desaparecía. Una cosa menos de qué preocuparse pero… ¿y lo de alimentarlo? Comencé a entrar en un estado de como “el blues” que le llaman, que dicen que es normal después del parto pero yo no quería que esto pasara a “depresion post parto”. Lloraba, me sentía profundamente triste de no ver la luz del día y estar siempre de noche, la falta de sueño me tenía la mente agitada. Sentía la ausencia de mis papás y mi hermana en estos momentos difíciles. George rechazaba más y más mi pecho y lloraba agudamente, lo que gatilló en mí un profundo dolor.

Gus hacía todo lo que estaba en sus manos para hacerme sentir mejor, quería ayudarme pero no podía ayudarme a “amamantar” y yo lo estaba pasando muy mal. Ahí tomamos una decisión: desde ese minuto George comenzaría a alimentarse exclusivamente de formula, en orden de ayudarlo a recibir alimento y recuperarse. Además, Gus sabiamente me dijo: “un bebé está bien si sus papas están bien, no puedes cuidar de él si no estás bien tú y me preocupas”. Y tenía razón.

Atrás dejé mi “auto presión” de amamantarlo y comprendí que no me hacía mejor o peor madre al alimentarlo exclusivamente de fórmula -incluso teniendo una producción enorme de leche-. Habían motivos más importantes: su bienestar. Atrás tenía que dejar la culpa, los prejuicios o los miedos de ataques ajenos. No existe “la forma correcta de” sino “distintas formas de”. Yo escogí NO amamantar, tuve mil razones para hacerlo, las suficientes. Y NO disfruté amamantar mientras lo hice. Lo odié. Y con esto quiero dejar claro que mi flexibilidad ayudó muchísimo. Yo planeo tener un segundo hijo a futuro y no tengo idea cómo será para entonces la situación. Puede que amamante y me sorprenda a mi misma. Puede que no, pero en esta primera experiencia no lo hice y estoy muy feliz con mi decisión.

Los beneficios de alimentar a mi hijo con fórmula no solo lo están ayudando a crecer sano hasta el día de hoy, sino que también me ayudó enormemente con las labores compartidas que es lo que queríamos. Gus es el más feliz porque él siempre había querido ser parte de la crianza en todo minuto, desde alimentarlo, cambiarlo, salir juntos, etc. y la mamadera nos da la libertad de hacerlo. George ha desarrollado un lazo fuerte equitativamente con los dos.

Nuestra rutina incluía en los primeros meses, repartirnos el alimentarlo por la noche, por ejemplo cuando aún era chiquito y requería 5 mamaderas en una noche, un promedio de cada 1 hora y media o máximo dos entre cada leche. Éramos uno yo, uno él, luego cambiamos el sistema a yo de noche y él de día, luego viceversa, luego el entró a trabajar y era yo en la semana, él los fines de semana. Y sigue así hasta nuestros días. La diferencia hoy es, que con 6 meses el duerme toda la noche, entonces ya no nos repartimos turnos de noche, pero lo hacemos en la rutina del día. Gus llega en la tarde y lo baña desde que nació, es su ritual, solo de ellos dos.

No existe una “forma exclusiva” de hacer las cosas. Personalmente no soy partidaria de grupos puristas que se inclinan 100% a un método de crianza. Yo creo en lo “inclusivo” más que lo “exclusivo” y trabajar con niños me enseñó que así como somos diversos en personalidad y gustos, lo mismo pasa en la crianza: lo que me resulta fantástico a mí, puede que no encaje para ti y viceversa.

Me quedo con el aprendizaje y la palabra magica: FLEXIBILiDAD en la crianza 🙂

Carla Sanguinetti.

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